domingo, 13 de mayo de 2012

Cuando las/os pobres entran en la historia* - Víctor Tapia Garrido

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Al llegar al Bicentenario de la República de Chile nos encontramos ante un bombardeo de información histórica conducida por los medios de prensa, televisivos en su mayoría, que apuntan hacia una visión de la vida repleta de conductas chauvinistas y que sin duda muestran elementos que son importantes en cuanto a la construcción de identidad para las personas que forman parte del gobierno o de la élite, pero no necesariamente representan o identifican el sentir de toda la población.

Soy de los que no están de acuerdo con este particular punto de vista que quiere objetivarse como verdadero ante la población en su totalidad, siendo que no ha sido así. Puesto que ya desde los primeros años del siglo XX, las organizaciones obreras de corte anarquista o comunista que proponían una práctica de vida distinta desarrollaban una identidad en la cual ponían como centro al obrero y su familia, es decir, a ellos mismos.

Años más tarde en la Unidad Popular, periodo histórico en el cual las/os pobres y explotadas/os tomaron un protagonismo político, social y cultural superior a cualquier otro momento en la historia de Chile, encontraremos que la identidad de este sector social, las expresiones organizativas y de control sectorial establecidas son únicas. El estudio de esta época nos habla de cómo ellas/os soñaban una patria, soñaban un país y sobre todo de qué patria y qué país soñaban. Ante nuestros ojos se desnudan los principios y valores de las/os pobres, alejados del control cultural de los/as ricas/os o bloque dominante. Logran romper con la lógica de reproducción social y se vuelven por primera vez una clase hegemónica, conductora y constructora de su porvenir.

Las juntas de abastecimiento y control de precios (JAP), los cordones industriales, las organizaciones sindicales, las corridas de cercos y las tomas de terrenos ilegales, son ejemplo de su creatividad y motivación de cambio social. La revolución se respiraba, se sentía y vivía.
Los nombres de las tomas de terreno nos hablan un poco acerca de sus sueños y aspiraciones, las personas y sobre todo los valores que ellas representaban para quienes las realizaban se reflejaban en el reconocimiento sincero y público al momento de bautizar esos espacios. Eran tiempos en los cuales se proponía que la sociedad viviera bajo la práctica del socialismo que buscaba una repartición igualitaria de los recursos y en donde las personas eran más importantes por su ser que por tener recursos materiales, aspiraban vivir en libertad, eliminar la explotación de un ser humano sobre otro, entre muchas otras ideas.

Así, en nuestra ciudad de Chillán encontramos ocupaciones de terreno cuyos nombres iban desde el rescate de personajes y fechas que marcaron su accionar revolucionario y pasaban a ser un homenaje a estas personas hasta momentos que quedaban grabados en la memoria colectiva, tales son los casos de la toma Violeta Parra, Luciano Cruz, 21 de diciembre, 11 de octubre, Luis Emilio Recabarren. También se encontraban nombres mundialmente conocidos y que nos hablan de que los sueños traspasaban las fronteras, aspirando a una integración latinoamericana como son el caso de la Ernesto Guevara, Inti Peredo y Camilo Torres.

Los nombres de las nacientes poblaciones reflejaban, en ese preciso momento histórico, sin lugar a dudas, que la visión histórica de las/os explotados era distinta a las de quienes siempre habían conducido el país y al momento de tener la opción de reflejarlo en la práctica no lo dudaron. La identidad de ellas/os se distanciaba de la que les proponían y habían impuesto los ricos desde siempre, ella (la identidad) sin duda ayudó a dar el paso desde una clase en sí a una clase para sí y también les dio pie a que lograran avanzar en la construcción de un proyecto político social que les representara.

La dictadura, atenta a la importancia y consecuencias que conllevaban los grados de identidad de clase y construcción de cultura distinta a la de ellos por parte de la clase trabajadora, apuntó entre otros a destruir y eliminar todo elemento de identidad que se escapara a su marco cultural. Así encontramos en la página 7 del diario La Discusión de Chillán del día martes 25 de septiembre de 1973 un decreto de la Jefatura de la Zona en Estado de Sitio a cargo del Intendente Coronel Juan Guillermo Toro Dávila que planteaba entre sus puntos:

“b) Que existen en la ciudad agrupaciones habitacionales denominadas “tomas o campamentos” y poblaciones que ostentan el nombre de personas, fechas, lugares y consignas atentatorias contra la unidad de los chilenos.”

Es decir, la lucha de clases se expresaba en su más claro sentido, por un lado la élite y sus guardianes cuidando lo que para ellos era la patria y los elementos que le unían y por otro lado las/os explotadas/os con una visión totalmente distinta de lo que eran los verdaderos principios que debía seguir la sociedad.

Continuaba planteando:

“d) Que es necesario erradicar en forma definitiva toda circunstancia que obstaculice una efectiva integración espiritual de todos nuestros compatriotas”

Con lo anterior buscaban volver las cosas al punto que para ellos nunca debió de separarse el curso de la historia, es decir, que la sociedad siguiera su matriz político cultural en la conducción del pensamiento de las personas del pueblo, dicho de otra forma, dominando desde y hacia todos lados.

Y hoy día nuevamente las organizaciones pequeñas, por el momento, del pueblo organizado que desean ir construyendo una revolución vuelven a buscar los nombres de sus organizaciones en momentos y personajes que están por lejos de los que la institucionalidad da como ejemplo a seguir. En este sentido, la parte del pueblo que propone seguir la trayectoria de un cambio radical de la sociedad se sigue organizando en una línea alejada de la oficialidad del Estado que por su parte sigue pretendiendo homogeneizar la visión de los procesos históricos vividos y que se viven en el país.

*Este escrito no hubiese sido posible de realizar sin la generosidad de Diana Bueno quien me facilitó el artículo del Diario La Discusión de Chillán encontrado en La Biblioteca Nacional de Santiago de Chile.

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